Nos
invitaron entre latas de cervezas tiradas en el suelo de la Combi. Lo hicieron
con un brillo en los ojos que no podían esconder con facilidad, a pesar de la
evidente borrachera. La banda, por fin, estaba ascendiendo peldaños y tendría
una presentación en el Foro Reforma. 15 del 2 del 14. No es porque tuvieran
urgencia por tocar en un escenario como este, alternando con bandas que todos
conocen en el medio como Inspector, es que sabían que aquello que comenzó como
un hobby mata tiempos se había
convertido al paso de los años en algo más, algo que se toma muy en serio:
sudor y alma puestos en un instrumento que de alguna forma ahora es parte de su
cuerpo.
Vuelvo al pasado y los miro dar ese brinco que los llevó de
escuchar cassettes en los patios a la
idea de formar una banda, entre amigos, entre nosotros, nomás porque sí… una
banda que empezaba desacompasada, apenas con un tarará de la guitarra acompañada con tururún del saxofón. Tararán
y tururún irrumpiendo la tranquilidad
de las tardes sabatinas de la calle Solimoes, en Valle 3, barrio al que la
mayoría pertenecemos y nos sentimos orgullosos de ello. La sorpresa de todos en
la calle era evidente, ¡vaya, los pinta paredes y patea zaguanes por fin
estaban haciendo algo medianamente de provecho! Los grandes le enseñaron a los
chicos, “¿qué quieres tocar? Cómpralo y tráelo, y después vemos”. Y así se
fueron uniendo, bajo, bongos, batería, trombón, trompeta, teclados y la familia
se fue haciendo mucho más numerosa. Recuerdo también que en la primera
alineación de la banda había un torpe acordeonista, quien escribe estas líneas,
que decidió mejor hacerse a un lado al reconocer la lentitud de sus dedos.
Mi lugar estaba, indudablemente, del otro lado del
escenario, mirándolos de lejos, atestiguando aquellas primeras tocadas en
patios y cocheras –la de mi abuelita, entre ellas– para llegar a los pequeños
galerones “como tripas” en donde el calor inunda la visión, pasando por los
terrenos baldíos entre gallinas y perros. Aquellas primeras tocadas en las que
tenían que subir con algunas cervezas encima, quizá para vencer el miedo,
aunque eso significara al cabo de un rato un “pausa, pausa, que este cabrón
tiene que ir a mear”. Desde Ecatepec hasta Chalco, desde la Pensil a la Roma,
comenzaron a tocarle, a cantarle, a la ciudad que les dio un nombre.
Por eso, al menos para mí, la tocada de ayer significaba
mucho. Siempre se nos dice que salir por la puerta de atrás es muestra de un
rotundo fracaso, pero nadie ha dicho lo que significa para una banda entrar por
esa misma puerta; mientras enfrente, afuera, espera un público que ha invertido
un poco (o mucho) para pasarla bien, para armar el slam y mover los huesos al ritmo de SKA. Porque vi a mis amigos
siguiendo su camino sin mirar atrás, citando a una banda argentina del gusto de
todos, y sus caras destellando en el reflejo de los metales, de las cuerdas, de
la luz. El tararán y el tururún encontraron su espacio y tiempo en el ritmo de una canción de La Cisiriska.
Al
final de la tocada, me contaron que estaban pensando en la posibilidad de
invitar a un chico del barrio, que apenas comienza a conocer su saxofón, para
un palomazo… y no me queda más que ponerme la camiseta que compré al salir del
lugar y silbar mi canción favorita: “Sigue soñando”.
