domingo, febrero 16, 2014

En una tocada de SKA



Nos invitaron entre latas de cervezas tiradas en el suelo de la Combi. Lo hicieron con un brillo en los ojos que no podían esconder con facilidad, a pesar de la evidente borrachera. La banda, por fin, estaba ascendiendo peldaños y tendría una presentación en el Foro Reforma. 15 del 2 del 14. No es porque tuvieran urgencia por tocar en un escenario como este, alternando con bandas que todos conocen en el medio como Inspector, es que sabían que aquello que comenzó como un hobby mata tiempos se había convertido al paso de los años en algo más, algo que se toma muy en serio: sudor y alma puestos en un instrumento que de alguna forma ahora es parte de su cuerpo.
Vuelvo al pasado y los miro dar ese brinco que los llevó de escuchar cassettes en los patios a la idea de formar una banda, entre amigos, entre nosotros, nomás porque sí… una banda que empezaba desacompasada, apenas con un tarará de la guitarra acompañada con tururún del saxofón. Tararán y tururún irrumpiendo la tranquilidad de las tardes sabatinas de la calle Solimoes, en Valle 3, barrio al que la mayoría pertenecemos y nos sentimos orgullosos de ello. La sorpresa de todos en la calle era evidente, ¡vaya, los pinta paredes y patea zaguanes por fin estaban haciendo algo medianamente de provecho! Los grandes le enseñaron a los chicos, “¿qué quieres tocar? Cómpralo y tráelo, y después vemos”. Y así se fueron uniendo, bajo, bongos, batería, trombón, trompeta, teclados y la familia se fue haciendo mucho más numerosa. Recuerdo también que en la primera alineación de la banda había un torpe acordeonista, quien escribe estas líneas, que decidió mejor hacerse a un lado al reconocer la lentitud de sus dedos.
Mi lugar estaba, indudablemente, del otro lado del escenario, mirándolos de lejos, atestiguando aquellas primeras tocadas en patios y cocheras –la de mi abuelita, entre ellas– para llegar a los pequeños galerones “como tripas” en donde el calor inunda la visión, pasando por los terrenos baldíos entre gallinas y perros. Aquellas primeras tocadas en las que tenían que subir con algunas cervezas encima, quizá para vencer el miedo, aunque eso significara al cabo de un rato un “pausa, pausa, que este cabrón tiene que ir a mear”. Desde Ecatepec hasta Chalco, desde la Pensil a la Roma, comenzaron a tocarle, a cantarle, a la ciudad que les dio un nombre. 
Por eso, al menos para mí, la tocada de ayer significaba mucho. Siempre se nos dice que salir por la puerta de atrás es muestra de un rotundo fracaso, pero nadie ha dicho lo que significa para una banda entrar por esa misma puerta; mientras enfrente, afuera, espera un público que ha invertido un poco (o mucho) para pasarla bien, para armar el slam y mover los huesos al ritmo de SKA. Porque vi a mis amigos siguiendo su camino sin mirar atrás, citando a una banda argentina del gusto de todos, y sus caras destellando en el reflejo de los metales, de las cuerdas, de la luz. El tararán y el tururún encontraron su espacio y tiempo en el ritmo de una canción de La Cisiriska.
Al final de la tocada, me contaron que estaban pensando en la posibilidad de invitar a un chico del barrio, que apenas comienza a conocer su saxofón, para un palomazo… y no me queda más que ponerme la camiseta que compré al salir del lugar y silbar mi canción favorita: “Sigue soñando”.

sábado, noviembre 09, 2013

Adiós Topanga




Hoy me llamó mi hermana Diana. Con la voz entrecortada me dijo que ya era hora, que no aguantaría más y que ya no podía mantenerse en pie. No supe qué decir. En pocos minutos remonté mis recuerdos al momento en que ella llegó a casa, yo no tenía más de quince años. Fueron tantas las veces que repetí esas historias fantásticas, que me ponían a mí mismo junto a una Golden Retriever en un auto convertible, que mi tía consideró buena idea ayudarme a cumplir parte del sueño con una perrita de no más de cinco meses. Nos la trajo desde León en una jaula para cachorros. Apenas y comenzaba a caminar, a bostezar y a lanzar pequeñas mordidas al aire. Y así como la imaginé por primera vez, inspirado en alguna serie gringa, también le dimos un nombre pensando en "Aprendiendo a vivir", una serie que seguíamos todas las tardes al volver de la escuela. Inocentemente la nombramos Topanga, porque era güera y porque creímos que nadie más podría tener una perra igual, que se llamara así. Y creo que no nos equivocamos. Aprendiendo a vivir me hizo olvidarme del coche convertible, que es lo que menos importaba de la historia.
Recuerdo que mi padre no la quería en casa. No nos iba permitir tener a un animal tan grande en un patio tan pequeño. Pero ese asunto lo resolvió Topanga en menos de un mes. Con un poco de cariño se aseguró un hogar y se quedó a vivir con nosotros por trece largos años; el tiempo justo en que un perro debe vivir, ni más ni menos, o eso es lo que dicen. Después vino el cambio de casa. Mi padre siempre deseó una casa con jardín, trabajó mucho para ello, pero con ella en la familia el jardín se volvió una necesidad imperiosa y después una realidad: su morada entre naranjos y pinos. 
La perra de la que hoy nos despedimos nos vio crecer a mí, a mis hermanas, a todos mis primos y a nuestros amigos; todos ellos seguramente tienen al menos un buen recuerdo de ella. Nunca le negó el saludo a nadie y nunca se negó a juguetear, a acompañarnos en nuestras primeras borracheras de madrugada o en los días de honda tristeza. A decir verdad, desconozco si tenía el sentido de la agresión. No sabía morder la gordita. 
Topanga siempre estuvo ahí. Aún la veo sentada a las espaldas de mi padre, esperando que se resbalara de la mesa un trozo de pan o que de sus manos volaran un par de tortillas que devoraba con sus dientecitos chuecos. También es coprotagonista de la foto que con mayor amor resguardo de mi madre: ambas en el jardín de nuestra nueva casa, mi madre sentada en la silla que pendía del duraznero y ella a sus pies, recostada sobre el pasto, con una pelota amarilla y visiblemente sonriente. Orgullosas, una de la otra. 
Es justo así como queremos recordarla, lejos de las gotas de sangre por el suelo y de las siestas interminables, de los ojitos cansados y del tumor del tamaño de una toronja. Nos quedamos con la colección de piedras en los rincones, con los arañazos en la puerta por el terror que le provocaban los cohetes y los truenos, con sus revolcones de tierra después del baño, con las visitas al veterinario a rastras, con su miedo a viajar en coche, con los hurtos fugaces de pasteles recién horneados, con los secretos contados a sus orejas suaves y, sobre todo, con su capacidad inagotable para ahuyentar a los fantasmas. 
Uno termina amando tanto a estos seres, aguantando sus fechorías, limpiando sus rastros, recogiendo sus escombros. Uno los termina amando tanto, siempre atenidos a la regla que jamás se rompe, salvo la mezquindades del destino: siempre se mueren antes que uno. Aquí nos quedamos viendo cómo nos dicen adiós sin decirlo, rompiendo un "te voy a extrañar" en nuestro pensamiento con un profundo suspiro que anuncia su despedida. Y aquí nos quedamos, viendo cómo nos quedamos solos. 

Nos volveremos a ver, compañera. Te veo al cruzar el río.     

miércoles, mayo 29, 2013

El séptimo piso


El séptimo piso

Tengo una vecina brasileña. Es modelo, y se nota. Su novio también es mi vecino, es brasileño, es modelo, y también se nota. Él hace comerciales, lo podrían reconocer si vieran con atención el de Gillette o el último de Nextel. A ella no la he visto en comerciales, pero sé que es modelo, y lo vuelvo a repetir: se nota. Se nota mucho; no en su cuerpo, sino en su cara.
Ahí me tienen en la planta baja, a la espera del elevador, pensando en la mala suerte que tengo, ya que, invariablemente, cuando llego yo, siempre tengo que ver los foquitos en descenso desde el octavo piso. Ya venía el elevador por ahí del 7º, cuando llegó mi vecina, alumbrando todo el pasillo. Ni la volteé a ver, creo, pero sabía muy bien que era ella. Me dio las buenas tardes y yo le contesté de tal forma que mi amabilidad no la llevara a pensar que soy un sucio pervertido. 6-5 ¡Qué idiota soy! ¿Habré sido indiferente en mi saludo, o un poco grosero? 4-3 ¡Pero qué bien habla español, ni se nota que es extranjera; pero debí saludarla en portugués, como muestra de cortesía, como lo he hecho con su novio! 2-1 ¿Les exigirán a las modelos extranjeras que perfeccionen su español? ¿Será que les interesa lo que dicen y que lo que dicen esté bien dicho, que suene bien? Pues ella suena, huele, y se ve muy bien.
PB. Se abren las puertas. El terror.
Por supuesto, como haría cualquier caballero, la dejé entrar en primerísimo lugar. Ella, como toda una dama, me preguntó a qué piso me dirigía, colocando sus dedos largos, sus manos limpias, en los botones grasosos del elevador. ¿A qué piso vas?, me volvió a preguntar, por segunda vez, y seguro a esa altura creyó que estoy pendejo, o que soy un maldito pervertido, y que me la imagino desnuda como todos los asquerosos sin clase que le silban en la calle. ¿A qué piso voy? Ah sí, al 7... Y ella puso el botón 7, me sonrió, y se recargó suavemente. Pero porqué dudó un poco al presionar el botón...  ¡Pero qué estúpido soy! ¡Sí, ya sé, ella vive en el 7, pero yo no vivo en el 7! ¡Yo me bajo en el 6! Idiota, idiota, idiota. Silencio total en 1x2 m2. 7 números pasaron, ahora en forma ascendente, y no sabía qué demonios hacer, si colocar el botón con el piso que me corresponde a mitad del camino, y revelarme como un tarado total o, o, o...
Piso 7. Abren las puertas. De nuevo el terror.
Salió lentamente. Me volvió a sonreír, o eso me pareció, y se despidió de mí con un hasta luego. Una leve pausa. ¿Esperaba que fuera con ella? Por supuesto que no, si sabía muy bien que yo era un polizonte y que viajé de más un par de minutos. Las puertas se cerraron de nuevo, como en cámara lenta, y de inmediato me dirigí a mi destino: el 6º piso. Mordiéndome los labios, ya frente a mi casa, ahora lo lamento todo, seguro se fue pensando que soy un idiota o un acosador, o ambas cosas. ¡Pero qué estúpido soy! Pero mañana, sin falta, si la vuelvo a ver, le pido una disculpa por este incidente que espero no vuelva a repetirse. 

sábado, octubre 20, 2012

Viaje a Villahermosa


Diría que viajé con absoluta tranquilidad en el 2538 de Interjet, si al menos mi hermana no hubiera tenido la bondad de reservarme un asiento entre un gordo con muchos huevos o mucha panza, a juzgar por su evidente incapacidad de cerrar las piernas, y una anciana que suspiraba cada vez que se acomodaba: pedorra. Después de inhalar uno o dos de sus suspiros, y al tiempo en el que el piloto nos daba la bienvenida, aproveché los últimos minutos de celular encendido permitido para enviarle un SMS a mi hermana: ¡qué poca madre,no ves el tamaño del animalito y me metes en un asiento B! Su respuesta fue sorprendente: para que te roces un poco con la humanidad. Parecía que su intención era hacerme sufrir, no ya al ponerme en un asiento B, sino junto a una vieja suspirante. Su coartada era perfecta y el olor a humanidad nauseabundo. 

El gordo se quedó dormido al poco tiempo y la mujer siguió suspirando, aún dormida, aún en sueños. Al rato pasaba ya el carrito de "la botana de cortesía". Al ver lo que ofrecen las azafatas (sobrecargos, me corregiría con cara de "qué pendejo es éste" una buena amiga) como cortesía, llegué a la conclusión que ésta se reduce a una pinche bolsita de Rancheritos (de las pequeñas que venden en los cruceros a 5 pesos). Y tan caro que sale el vuelo. Pero eso no es lo más lamentable, sino la estupidez que tienen algunos para subirse a un avión y pedir solamente agua, servida en vasos mucho más pequeños que los de mi dentista. ¡Qué no se dieron cuenta que si piden un refresco, una cerveza, no les queda más remedio que darte la lata completa! ¡Pidamos latas completas, porque pedirles agua significa ahorrarles unos pocos pesos y por supuesto que no queremos eso!
El vuelo a Villahermosa dura poco menos de una hora y veinte minutos, por lo que no puedo alargar demasiado estas líneas; cosa que haría, si tan sólo no tuviera que levantarme a hacerla de perrito bailarín: orinar en una avión. Pedí una Corona y me tomé la lata completa sin pensar mucho en las consecuencias. Me levanto y despierto al gordo huevudo, que prefiere levantarse antes que cerrar las piernas para dejarme pasar. 
Voy a orinar. El avión está a punto de aterrizar.

El contrato


El día de ayer tuve el honor (iba a escribir "suerte", pero me pareció una grosería) de firmar (por fin) el contrato que me acredita como "Profesor Titular de Asignatura nivel A" en la Facultad de Filosofía y Letras. Me estaba sintiendo verdaderamente grande cuando en letras pequeñas descubrí una palabra que extinguió mi experiencia celestial: interino. Inmediatamente después de darme cuenta, pregunté a la funcionaria si me iban a dar credencial de profesor. La respuesta fue afirmativa. No me importó si interinamente o no, pero me imaginé entrando en los estacionamientos de la UNAM con mi credencial, sin que nadie me detenga y, con gestos de "pobre diablo", me mande a buscar un lugar en los últimos cantos del Estadio: en donde van los estudiantes buenos para nada. Ahora no, subiría de nivel y me abrirían las puertas en todos lados con un "pase profesor". Tendría mayores descuentos en librerías, museos y demás, pero sobre todo eso... ¡Una marcha fúnebre!
Así es, resulta que si me muero en este año de interinato, mi marcha fúnebre y su respectivo velorio será auspiciado por mi Alma Mater. Me sentí emocionado. Los imaginé a muchos de ustedes embutidos en su playera de los Pumas, echando goyas a mi paso y colocando un cartoncito con mi nombre encima del ataúd. ¡Como todo buen académico y profesor de nuestra Facultad!
Pero mi emoción disminuyó considerablemente al ver con número y letra la cantidad que me pagarán mensualmente. Lo reservo para mí con digna secrecía. Nada que ver, en cambio, con lo mucho o poco que vale la prima del seguro de vida que otorga la Universidad. Es extraño pensar que, interino o no, profesor de nivel A o no, uno vale mucho más muerto que vivo: justo como todos los profesores, universitarios o no, de este país... o su gran mayoría. De repente recordé que en uno de estos días vi que la Maestra declaró que no era "sirvienta" de nadie, y regaló a todos los agremiados que le aplaudían con gran emoción una computadora. Después se despedía oliendo a Chanel; calzando unos Prada, pisando más o menos 7 mil pesos que bien podríamos considerar un salario digno para un profesor joven de nivel A.
Pero no me quejo más. De hecho, no importa: a mí me dan una credencial de profesor de la UNAM el próximo mes.