miércoles, noviembre 02, 2011

Una calaverita

Adolfo Ramírez me ha dedicado esta linda calaverita. ¡Agradecido quedo!
Andaba muy contento
un tal Armando Escobar
traduciéndose unos cuentos,
historias de nunca acabar:
que si dedico estos versos
... al gusano de mi cadáver,
jugándole al muy vivo
con poetas muertos, tú ya sabes...

De pronto, lo increpó la calaca
a la hora de la estrella
pero a él que nada lo espanta
le respondió ya con firmeza.
-Ando muy ocupado mi señora
¿en qué le puedo ayudar?
-Es que tengo una lápida sola
vacía con un lugar.

Escríbeme un epitafio
de esos que se estilan
a ver si eres muy macho
a ver si es cosa sencilla
-¿A nombre de quién lo ponemos?
ni un segundo me voy a tardar.
-Hazlo con mucho cariño
para un tal Armando Escobar.

sábado, octubre 08, 2011

Reflexiones brasileñas sobre los premios literarios


Encontré estos textos en Internet. Me tomé la libertad de traducirlos, como una invitación abierta al lector mexicano para que escoja, mida e importe chalecos brasileños a nuestro país.





Un pobre escritor


Marcelino Freire



Tengo un amigo que no escribe novelas. Es poeta. Pero me dice que va a preparar un poema épico al final de este año: sólo para inscribir el mamotreto en el Premio São Paulo de Literatura. ¿Quién sabe, Marcelino? Quizá con los doscientos mil reales pueda saldar mis deudas, en fin, hasta comprarme un agujero como departamento.

También tengo otro amigo que es novelista. Aunque él no es más novelista. Además murió. Asesinado trágicamente el año pasado. Hablo de Wilson Bueno, ¿se acuerdan? Desapareció el mismo día que mi madre, el 30 de mayo de 2010.

También en 2010 perdimos a Roberto Piva. Y perdimos a Alberto Guzik. Y perdimos a José Mindlim. Y perdimos al caricaturista Glauco (brutalmente asesinado también), etc. Mientras que el medio literario, en realidad, discutía en aquella época otras pérdidas y victorias. La cuestión más relevante era: ¿Quién ganó y quién perdió el Premio Jabuti — Chico Buarque o Edney Silvestre?

¡Mi santa periquita!

Me fui cansando. Me dio mucha pereza. Una desesperanza. Sé que al día de hoy la discusión no es esta. Importantísima para la editorial. Para el prestigio nacional e internacional de los autores. Pero díganme: ¿La cosa no es demasiado histérica o es sólo una impresión mía?

No lo sé.

Quién sabe...

¡Ah! ¿Pero no fuiste tú, Marcelino, quien ganó el Jabuti en 2006, querido? ¿Por qué estás cagando ahora en lo cagado, eh?

Ahora no tengo nada que reclamar.

No pedí el premio para nadie.

Escribí dos bellos libros para Record, amén. Y agradeceré a mis queridos amigos de la editorial sempiternamente por eso.

Pero mi cuestión aquí es otra. Estoy intentando entender esa búsqueda del tesoro. Ese alboroto que se extiende entre las grandes, medias y pequeñas editoriales; que se extiende entre grandes, medios y pequeños escritores.

¡Ave María!

Hay quien se coloca una estafeta en la mano y se siente dueño de la palabra. “Mi libro ha sido publicado en otras lenguas, ¿qué no ven?” Pero es así: la literatura del laureado puede no hablarle a Brasil, no tener lectores, no circular por las periferias, carajo, pero puede ser colocada en el estante más alto del mercado. En la góndola de Frankfurt. ¡Está muy loco!

Por favor, no me acusen de malagradecido. No me interpreten mal. Repito: es sólo mi cansancio. La angustia de haber enfrentado el año pasado grandes pérdidas en mi vida. De mi entrañable heroína materna y algunos héroes literarios.

Gente que de hecho revolucionó mi lugar y mi juicio. Cuando yo era aún un adolescente, viviendo en Recife, queriendo ser escritor. Anhelando escribir mis cuentos, apostando por la sangre de mis párrafos.

No.

No lo puedo olvidar. No puedo perder mi lado apasionado y amateur. Siempre me relaciono con el ejemplo de Piva. ¿Cuántos premios ganó Piva en vida? ¿Le dieron algún quinto por el conjunto de su obra?

Fue por esas y otras causas que mi último libro de cuentos, el "Amar é crime", salió por el colectivo EDITH (visiteedith.com), del cual formo parte. Hice eso porque quise respirar otros aires, lo confieso. Quise partir de cero. Distanciarme del circuito del vino blanco, del paté de hígado. Distante del parloteo.

Pobre, pero feliz, lo pueden apostar.

Por ahí si la cosa empeora, escucha bien, me aconseja mi amigo poeta: basta con sacar aquella novela del cajón.

No vale nada.

Pero, quién sabe, ¿valdrá?







Reflejo del país


Ricardo Lisias


A pesar de que me faltan algunos años para los cuarenta, ya viví el suicidio de un gran amigo, un divorcio cuya crueldad me robó la piel y un par de ceremonias de premios literarios. Los tres casos poseen el explosivo potencial de revelar la verdad. Por lo tanto, necesitan convertirse en literatura.

En Brasil, los premios literarios son el reflejo del país. De vez en cuando, protagonizamos elecciones en las que el mejor candidato es electo; otras veces permitimos que gente como Tiririca o Clodovil (q. e. p. d) [1] nos representen. Es la misma cosa en la literatura: en algunos premios los mejores libros son contemplados; en otros, allá van los Tiririca, joviales y coquetos, a buscar su trofeo.

El reconocimiento de la crítica es fundamental para que una obra literaria se fortalezca y cumpla el recorrido histórico que el arte más relevante tiene que atravesar. Además de eso, sin hipocresía ni asombro, ayuda el dinero que algunos premios ofrecen. La literatura de peso exige tiempo y una inversión que sólo el autor percibe. Brasil ha mejorado bastante con respecto a las ofertas de financiamiento para escritores, lo que tal vez redunde en obras más consistentes en el futuro.

Pero aún no logramos enfrentarnos a la mezcla de pintoresco y glamoroso que cerca a la literatura brasileña, y la aparta de una de las más imperativas misiones del arte: decirle la verdad al poder y desafiarlo sin cesar.

Autores de traje y escritoras de vestido largo sonríen unos para otros, todos se sientan cerca, las autoridades o los ejecutivos de las grandes empresas patrocinadoras hablan, se anuncia el vencedor, los demás quedan irritados —algunas veces es inevitable— y normalmente se largan mientras alguien toca la musiquita del 007 o algún clásico más o menos movido. Alguna vez, una poeta elegantísima, furiosa por no haber sido contemplada, pateó la silla y golpeó a mi hermana en la espinilla…

Con excepción de esos detalles que nadie ve, perder la pose públicamente como hacen algunos cineastas heroicos (por ejemplo, el brillante Lars Von Trier) o protestar a favor de alguna cosa, aunque sea el mentado salario de las prostitutas, es algo que no se atreven a hacer nuestros bien comportados autores. Todo el mundo en Brasil tiene una facilidad enorme para salir bien en la foto, para no echar a perder las chances de que el próximo libro sea contemplado.

¿Por qué no exigir que el autor premiado grabe por Internet una conferencia sobre algún clásico? Además, tal vez sería interesante pagar un valor considerable para que algún crítico, o un pequeño grupo de ellos, redacte un texto largo y bien justificado, en donde se expliquen las razones de su elección. Ese texto podría valer lo mismo que lo que recibe el autor premiado. La crítica asumiría un papel público y los organizadores estarían obligados a escoger jueces críticamente relevantes.

De vez en cuando me pregunto porqué esos grandes ganadores de premios en Brasil son siempre señores tan simpáticos. No quiero ser un viejo así… Algunos escriben textos que logran rápidamente un consenso, aunque el motivo es evidente: están construyendo el discurso que la clase media y consumidora de libros quiere oír. El resultado de tanto aseo es una literatura organizada, limpia, de fácil digestión y ninguna molestia.

Reconocimiento y dinero son importantes para pagar las cuentas, pero si es para agradar a todos y perder la fuerza en nombre de los buenos modales, no valen la pena. La literatura necesita enfrentar a la hipocresía brasileña, no sonreír a la clase media extasiada con la simpatía y gracia de sus autores oficiales, simpáticos y buena onda.





[1] Personajes de la farándula que llegaron a puestos de elección popular en Brasil: Tiririca, un comediante, por no decir payaso; Clodovil, un estilista y conductor de televisión (muy semejante a nuestro querido Alfredo Palacios). N. del. t.

jueves, septiembre 15, 2011

Animal

Como animal agazapado en su propia madriguera...
Es el frío, es el hambre, pero me protejo de la noche en mi sucio pelaje.

Con las garras llenas de lodo y mis pasos siguiendo las huellas
que me llevan al agujero que yo mismo escarbé.

Le ladro a mi propia cola,
gruño ante las amenazas que me infringe mi sombra.

Jadeante babeo ante mis retazos,
tiemblo, gimo y me muerdo la lengua.

Y como todas las bestias,
me dejo arañar por la luna para alcanzar
el sueño que esta noche se me escabulle.

martes, junio 28, 2011

La perversión en “El infierno tan temido”


Imagen: http://lomioesamateur.files.wordpress.com/2009/06/onetti21.jpg


La perversión en “El infierno tan temido”


Dios mío, por qué para ser feliz es preciso no saberlo,
por qué siento el amor y lo quiero mirar y no consigo verlo,
por qué lo amado hoy con el tiempo se hará doloroso y extraño.

Porque no hace calor y en lugar del amor nos hicimos daño.

Nacho Vegas: “En lugar del amor”


Onetti bebe un poco de ¿agua?, un par de hielos chocan contra el cristal del vaso. Onetti dice que está nervioso, después se confiesa torpe cada vez que habla, pero comienza a hablar. Onetti se detiene, piensa un poco, parece que va a agregar algo… pero calla. Onetti piensa para sí mismo; busca la cajetilla de cigarros en el fondo de la bolsa izquierda de su saco oscuro, toma uno y lo enciende dejando escapar una cortina de humo que le cubre parte del rostro, las manos, pero sobre todo, la boca.

Onetti tiene las palabras, pero calla.

Joaquín Soler, quizá un poco extrañado por los constantes silencios del escritor, busca preguntas como buscapiés ansiando una respuesta en el suelo. Porque “siempre hay una respuesta”, pero Onetti no hablará de más, exigirá a su entrevistador, como a cada uno de sus lectores, que llene el silencio de un eco sordo que casi siempre tiene como respuesta: “Adivine, equivóquese”.

Onetti contará algunas anécdotas de su infancia mentirosa, hablará del extraño origen de los O´nety y de Santa María; finalmente, se declarará un loco amante de la narrativa, pero también un escritor poco disciplinado y caótico. Joaquín Soler, por su parte, tendrá que detener las divagaciones del autor —o sus silencios— con un “continuemos con la obra”. Desfilaran, entonces, en estricto orden cronológico, los títulos de las obras más representativas de aquél hombre que “se llamaba Onetti, no sonreía, usaba anteojos, dejaba adivinar que sólo podía ser simpático con mujeres fantasiosas o amigos íntimos”[1] para detenerse en un cuento que sobresale de entre todos los demás libros por su título desgarrador: “El infierno tan temido”. [2]

“Es un título que, pienso yo, es especialmente caro para Juan Carlos Onetti”, dice Soler, y Onetti agrega: “no sólo el título, también el cuento.” Después Soler, quizá en el único punto salvable de su entrevista, se atreve a cuestionar sobre el origen de ese cuento. Onetti responde sin tapujos:


Era una pareja de dos chicos que trabajaban en la radio y se habían hecho ese juramento de amor, que nada nada puede interferir, pase lo que pase. Bueno, cuando ella violó el juramento de amor, el individuo rompió con ella. Entonces, por despecho – y eso ha sucedido –, ella comenzó a mandarle cartas donde había una fotografía de ella. Y fotos obscenas todas, para martirizarlo. Ahora yo recuerdo que me habían dicho que yo no era lo suficientemente puro como para escribir esa historia. Me había hecho esa advertencia quien me contó la anécdota. Me puse a escribirla y varias veces noté que fracasaba... hasta que un día [una amiga] alemana, que puede estar por ahí escuchando, me dijo: — ¿por qué no lo escribes como una novela de amor? Porque si ella le sigue mandando las fotos, es porque sigue enamorada del individuo. Aunque quiera destruirlo. Porque si no, se olvidaría totalmente de él—. Entonces fue así escrito, como novela de amor. Los hechos son todos verídicos. [3]


Es necesario detenernos en las palabras del autor para, a partir de ellas, desenvolver el presente ensayo referente a uno de los cuentos del escritor uruguayo más celebrados por la crítica literaria. Onetti se refiere en este fragmento de la entrevista a aquella anécdota que le compartió su amigo Luis Batlle Berres y que después se transformaría en “El infierno tan temido”. Este cuento que narra la demoledora relación en la que se envuelven Risso, un hombre viudo de 40 años, redactor de la sección de hípicas de un diario, y Gracia César, joven actriz de 20 años. Risso, sin saber el verdadero alcance de sus palabras, promete a Gracia la indestructibilidad de su amor frente a cualquier adversidad, incluso la misma infidelidad. Por su parte, Gracia lleva al límite esta sentencia y confiesa a su marido que durante una de sus giras con la compañía de teatro tuvo una aventura sexual con un espectador que no le inspiraba más que lástima. Risso, olvidando cualquier promesa, reacciona como cualquier macho ofendido y no duda en romper el matrimonio. Lo destructivo comenzará cuando Risso empieza a recibir fotografías obscenas en las que se puede ver a Gracia con distintos hombres en distintos lugares de Sudamérica. A partir de este hecho, Risso se sumergirá en un oscuro pasaje espiritual que, tras enterarse de que la mujer ha enviado fotografías a todas las personas que lo rodean, lo llevará al suicidio.

La anécdota es, basta decirlo, sumamente simple. Lo extraordinario en “El infierno tan temido” se concentra en el viacrucis que Risso tendrá que recorrer para llegar a la decisión de poner fin a su vida. Este viacrucis es magistralmente construido por Onetti, ya que el cuento abre al lector una interminable serie de interpretaciones que tiene los siguientes polos: algunos consideran que se trata, efectivamente, de una tortuosa manifestación de amor destructivo; otros, por su parte, un poco más abstractos y existencialistas, consideran que el cuento se centra en la incomunicabilidad que sufre el individuo frente al otro género, es claro, pero también frente a todo el género humano.

No es intención del presente ensayo alinearse con alguna de estas interpretaciones, sino centrar su atención en la perversión —o perversidad, como se prefiera— que parece regir en ambos personajes y, por otro lado, intentaremos delinear la naturaleza de las fotografías que, a nuestro parecer, ha sido constantemente malinterpretada. En primer lugar, tenemos que mencionar que, como bien lo ha notado Aurora Ocampo, ambos personajes resultan prototípicos en la obra onettiana: Risso es un hombre de la mediana edad sumergido en la agobiante cotidianeidad de su empleo en el periódico, “un poco hambriento, un poco enfermo por el café y el tabaco, entregado con familiar felicidad a la marcha de la frase y a la aparición dócil de las palabras”.[4] Nadie durará en relacionar a Risso con aquél Eladio Linacero que escribe El pozo en las mismas circunstancias de vida que Risso: “No tengo tabaco, no tengo tabaco. Esto que escribo son mis memorias. Porque un hombre debe escribir la historia de su vida al llegar a los cua­renta años, sobre todo si le sucedieron cosas interesantes. Lo leí no sé dónde.” [5] Por su parte, Gracia César deambula durante el cuento en los tres arquetipos del personaje femenino onettiano: la muchacha, la mujer, la prostituta. De esta forma, para Aurora Ocampo:


Gracia es “la virgen de veinte años que, cuando se casa con Risso, el clásico cuarentón que le enseña todos los caminos de la sexualidad y la convierte en mujer, término ambivalente para los personajes masculinos onettianos, tan ambivalente, que por su misma incapacidad para aceptar a una verdadera mujer, Risso, al haberla apartado con un insulto desvaído, la convierte en prostituta.[6]


Estoy parcialmente de acuerdo con la observación de Ocampo, sin embargo, creo que erra al considerar que la transformación es realizada por Risso, ya que en el recurrente juego que Onetti realiza en las voces narrativas, pone en la consideración de Lanza, amigo de Risso en el periódico, la cualidad de puta (“yegua”, en el argot rioplatense) de Gracia:


Porque Risso en ningún momento llamó yegua a la yegua que estuvo repartiendo las soeces fotografías por toda la ciudad, y ni siquiera aceptó caminar por el puente que yo le tendía, insinuando, sin creerla, la posibilidad de que la yegua—en cueros y alzada como prefirió divulgarse, o mimando en el escenario los problemas ováricos de otras yeguas hechas famosas por el teatro universal—, la posibilidad de que estuviera loca de atar. [7]


Considero que el error en el que cae Ocampo se debe a la misma trampa tendida por Onetti: el cuento está construido a base de una confusa variabilidad de narradores (uno omnisciente y distintos narradores-testigos, entre ellos el mismo Lanza), pero sobretodo, en palabras de Mario Vargas Llosa, en“ sobretendidos, alusiones, pistas, referencias, omisiones y acertijos que permiten lecturas muy diversas y hacen una suerte de palimpsesto en el que distintos niveles de escritura trazan una inquietante descripción de la vocación de la crueldad congénita a la condición humana”. [8] La mujer, como en otros textos de Onetti (esencialmente en Para una tumba sin nombre), dinamiza la narración y sus acciones son vistas de una forma u otra según la posición y la relación que los hombres tienen con el personaje femenino. En el caso del cuento que aquí estudiamos, el lector (y me refiero, quizá, mayormente al lector masculino) tiende a sentirse identificado con las palabras y conclusiones de Lanza, quien además es el último narrador, muy a pesar de la pasmosa neutralidad con la que Onetti trata las acciones y la misma descripción de las fotografías enviadas por Gracia en las voces de los narradores previos. De esta forma, no es extraño que el lector se convierta en una especie de cómplice en la transformación en puta de Gracia y, por otra parte, que se haga objetivo de la misma estupidización de la masculinidad sufrida por Risso. Onetti, como veremos más adelante, en ningún momento ofrece pistas claras sobre la verdadera naturaleza de las fotografías. Las elipsis que sustentan el cuento remiten inmediatamente a cualquier lector a sus propios terrores y, ante la cualidad de interpretación abierta, el lector tiende, quizá equivocadamente, a inferir una cualidad pornográfica (aunque este término sea bastante riesgoso) en cada uno de los objetos imagénicos recibidos por Risso y sus allegados. Así, el lector revive en sí mismo el infierno tan temido de Risso, aunque éste sea plenamente subjetivo. No es difícil, entonces, caer seducido ante el estilo onettiano y descubrirse, con plena sinceridad, como un total pervertido en lecturas posteriores que se alejan del primer shock que deja al leer por primera vez el cuento.

Considerando la relación entre Risso y Gracia, ésta dista mucho de ser un matrimonio perfecto, ya que siempre estuvo rodeada de un halo de “pesimistas vaticinios” (según uno de los narradores-personajes), ya que la pareja representaba un ideal inalcanzable de amor. Risso hace una promesa de amor a Gracia, aunque él mismo no estuviera en la posición para hacer un juramento de esa magnitud: “Todo puede suceder y vamos a estar siempre felices y queriéndonos”. Risso mentía, mentía porque no veía en Gracia algo más que la posibilidad de alargar su vida sexual: “Risso creyó que bastaba con seguir viviendo como siempre, pero dedicándole a ella, sin pensarlo, sin pensar casi en ella, la furia de su cuerpo, la enloquecida necesidad de absolutos que lo poseía durante las noches alargadas”. [9] Por su parte, la inocente Gracia “pensaba que el amor debía nacer y conservarse aparte, no contaminado por lo que se hace para ganar dinero y olvido.” [10] Paradójicamente, a pesar de los ideales de Gracia y de las mentirosas promesas de Risso, es Gracia quien cae en la infidelidad, pero al considerar que el amor se manifiesta más allá de un encuentro adúltero, cree que Risso sabrá comprender el desliz. Pero Risso no está en esa posibilidad, y al momento de romper su promesa, también rompe el matrimonio, no sin antes hacer que la mujer reviva teatralmente la escena, en un arranque de falaz vouyerismo:


Después la hizo desnudar y le pidió que repitiera la historia, ahora de pie, moviéndose descalza sobre la alfombra y casi sin desplazarse de frente y de perfil, dándole la espalda y balanceando el cuerpo mientras lo apoyaba en una pierna y otra. A veces ella veía la cara larga y sudorosa de Risso, el cuerpo pesado apoyándose en la mesa, protegiendo con los hombros el vaso de vino, y a veces solo los imaginaba, distraída, por el afán de fidelidad en el relato, por la alegría de revivir aquella peculiar intensidad de amor que había sentido por Risso en El Rosario, junto a un hombre de rostro olvidado, junto a nadie, junto a Risso.[11]


Después vendrá una conversación con el Dr. Guiñazú en la que éste le dice a Risso: “Conozco bien a las mujeres y algo así estaba esperando”. Comentario que se relaciona directamente con el pensamiento de Risso al comparar a la colaboradora de Sociales con la misma Gracia: “todo va a ser más fácil si me convenzo de que ella también es una mujer”. Es decir, después de la supuesta traición de Gracia, Risso convertirá a la muchacha que se empeñaba en querer y en hacerse querer por el viudo no sólo en una mujer, sino en cualquier mujer, “una más gruesa, con cierto aire de aplomo y de haber sentado cabeza, que le mandaba fotos desde Lima, Santiago y Buenos Aires”. La muchacha a la que Risso había obligado a imponerse “adoraciones fetichistas” había desaparecido, ahora se enfrentaba a la venganza de un tipo de femme fatal que buscaba su aniquilamiento mediante las fotografías. Por otra parte, a pesar de que las fotografías contienen todo el odio y la sordidez que Gracia le profesa a su ex marido, éste sigue fiel a su vouyerismo y con cierta intención masoquista acude constantemente a observar las fotografías antes de guardarlas o destruirlas: en la primera, enviada desde Bahía, “había observado muchas veces la foto de Brasil”; en la segunda, enviada desde Paraguay, “una rápida mirada a la cartulina antes de romperla sobre el waterclós”. Incluso, Risso, al momento de recibir la tercera fotografía, enviada también desde Paraguay, intenta resguardarse en el propio vouyerismo y pretende convencerse que mirar una y otra vez las fotografías lo harán inmune a su efecto corrosivo. Sin embargo, posteriormente cae en cuenta que le sería imposible “mirar otra y seguir viviendo”, ya que “el vouyerismo constituye un ejercicio importante en la economía del psiquismo humano, pues el vouyerismo implica fuertemente al mirón con lo mirado.”[12] A pesar de que Risso destruya todas y cada una de las fotografías, no podrá deshacerse de ese primer punctum (lo que punza en una fotografía, según Roland Barthes), ya que éstas representan a la muchacha que él mismo transformó en un ser tan cruel y sádico como para desear destrozarlo con ellas; recuerda aquellas perversiones que él mismo le enseñó para su propio deleite, en fin, el amor que algún día se tuvieron o creyeron tenerse.

Centrándonos en las fotografías, tenemos que notar que, muy a pesar de que Onetti se considere “torpe” para hablar, aún así escoge las palabras de su discurso con sumo cuidado. Tendremos que detenernos, entonces, en la frase “fotografías obscenas” en la entrevista con Soler. Ha sido bastante recurrente encontrar el término “pornográfico” en los textos referentes a este cuento. Sin embargo, parece ser que no se ha puesto la debida atención a la naturaleza de las fotografías que Gracia César envía a Risso, refiriéndonos en la forma en la que Onetti construye el envío de éstas. Sólo tenemos tres descripciones concisas de dos las nueve fotografías que Gracia envío: en la primera, enviada desde Brasil, tenemos “el odio y la sordidez que se acrecentaban en los márgenes sombríos” [13], posteriormente agrega que “la mujer sin cabeza clavaba ostentosamente los talones en un borde de diván, aguardaba la impaciencia del hombre oscuro, agigantado por el inevitable primer plano, estaría segura de que no era necesario mostrar la cara para ser reconocida” [14]; en la descripción de la tercer fotografía enviada desde Paraguay, “ella estaba sola, empujando con su blancura las sombras de una habitación mal iluminada, con la cabeza dolorosamente echada hacia atrás, hacia la cámara, cubiertos a medias los hombros por el negro pelo suelto, robusta y cuadrúpeda. Tan inconfundible ahora como si se hubiera hecho fotografiar en cualquier estudio y hubiera posado con la más tierna, significativa y oblicua de sus sonrisas.” [15] Es indudable que las fotografías son obscenas, como bien nos dice Onetti, e incluso soeces, como declara Lanza, ¿pero verdaderamente son pornográficas? Las descripciones remiten a sustantivos y adjetivos que no permiten asegurar con plena certeza de causa de que la mujer se encuentre en posiciones francamente sexuales, aunque así lo sea. Lo único que sabemos de ellas es que en alguna se presenta “sola” o “acompañada, “cuadrúpeda”, “anónima”, “robusta”, “sonriente”, “tierna” y “blanca”; sólo posteriormente de dichas descripciones nos enteramos que la mujer se encontraba “desnuda” [16], además de los ya citados puntos de vista emitidos por la Lanza.

Hay quien observa que esta estrategia de Onetti se debe a cierto pudor de su parte para exponer situaciones sexuales. No estoy seguro de ello, me parece que si Onetti hubiera tenido la necesidad de describir explícitamente las fotografías lo habría hecho sin ningún tipo de reserva. Suponiendo que así lo hubiera hecho, tendríamos que reconocer que eso habría simplificado el cuento y le habría arrebatado al lector su tarea de construir en el relato. Por otro lado, no es posible afirmar que las imágenes sean pornográficas porque lo pornográfico, en su sentido conceptual, tiende a ofender la opinión pública, además de contener una intencionalidad implícita de excitar sexualmente al observador. Además de que las fotografías se centran en la esfera privada, al menos hasta antes de que Gracia comience a enviarla a otros remitentes, es evidente que las fotografías no tienen ningún tipo de evocación erótica en Risso, aún su retorcido gusto vouyerista, sino que establecen una simulación que, de fondo, quieren recordar a Risso un extraño y corrupto amor, cercano a la definición de amor/deseo expuesta por Zygmunt Bauman en Amor Líquido:


es el anhelo de consumir. De absorber, devorar, ingerir y digerir, aniquilar. El deseo no necesita otro estímulo más que la presencia de alteridad. Esa presencia es siempre una afrenta y una humillación. El deseo es el impulso a vengar la afrenta y disipar la humillación […] En esencia, el deseo es un impulso de destrucción. Y, aunque oblicuamente, también un impulso de auto-destrucción; el deseo está contaminado desde su nacimiento por el deseo de muerte.”[17]


Lo cierto es que Onetti parece advertirnos en este cuento que la imposibilidad de alcanzar el amor, aunque sea el simple y absurdo amor creado por los hombres, es sin lugar a dudas el infierno más temido por todos.



Armando Escobar G.




[1] Juan Carlos Onetti, La vida breve, Punto de Lectura, Buenos Aires, 2007, p-265.

[2] Como muchos críticos lo han hecho notar (entre ellos Ruben Cotelo, Ana Inés Larre, Wilfredo Penco, Sylvia Lago y Gustavo San Román) el título del cuento probablemente proviene del soneto, cuyo primer cuarteto dice: “No me mueve, mi Dios, para quererte/el cielo que me tienes prometido;/ni me mueve el infierno tan temido/para dejar por eso de ofenderte.” Aunque se ha atribuido su autoría a diferentes poetas (como Sor Juana Inés de la Cruz, Fray Miguel de Guevara, Santa Teresa de Ávila y Fray Miguel de Guevera), Gustavo San Román aclara en su ensayo “El infierno tan temido” que en realidad el autor permanece “no identificado”. (http://www.onetti.net/es/descripciones/san-roman-6, 6 de junio de 2011)

[3] Entrevista disponible en Internet: http://www.youtube.com/watch?v=s2ZfARrWlds&feature=related, 6 de junio de 2011.

[4] Juan Carlos Onetti, “El infierno tan temido” en: Tan triste como ella, Seix Barral, México, 1976, p-149.

[5] Juan Carlos Onetti, El pozo, Punto de Lectura, Buenos Aires, 2007, p-10.

[6] Aurora M. Ocampo, “Onetti: La mujer en El infierno tan temido” en: http://www.onetti.net/es/descripcionoes/ocampo, 6 de junio de 2011.

[7] Juan Carlos Onetti, “El infierno tan temido”… p-164.

[8] Mario Vargas Llosa, El viaje a la ficción: El mundo de Juan Carlos Onetti, Alfaguara, México, 2010, p-133.

[9] Juan Carlos Onetti, “El infierno tan temido”… p-151.

[10] Ibidem.

[11] Juan Carlos Onetti, “El infierno tan temido”… p-159.

[12] Roman Gubern, La imagen pornográfica y otras perversiones ópticas, Akal, Madrid, 1989, p-9.

[13] Juan Carlos Onetti, “El infierno tan temido”… p-150

[14] Juan Carlos Onetti, “El infierno tan temido”… p-153

[15] Juan Carlos Onetti, “El infierno tan temido”… p-155

[16] Juan Carlos Onetti, “El infierno tan temido”… p-161

[17] Zygmunt Bauman, Amor líquido: acerca de la fragilidad de los vínculos humanos, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2008, p-24.